lunes, 19 de febrero de 2018

El desconocido mundo de la Educación Especial

Recientemente somos muchas las personas que nos hemos hecho eco de la noticia vista en diferentes medios que narra el bochornoso suceso que tiene como protagonista a una mujer con Síndrome de Down a la que han expulsado de un evento de la empresa Medisalud para no "incomodar" a los asistentes. 

Este hecho, que nos puede y nos debe escandalizar, no se trata, ni mucho menos, de un caso aislado. Por desgracia, existe aún muchísimos muros y mitos que derribar en lo que a una inclusión plena y real de las personas con diversidad funcional se refiere, que van desde las múltiples barreras arquitectónicas que seguimos encontrando en nuestras ciudades y en muchos de los espacios que las conforman hasta aquellas que se implantan en nuestra mente y que se traducen en nuestra actitud, fruto de una ignorancia consciente o inconsciente.

Como siempre digo, desde Educación tememos un gran reto en este sentido, ya que en nuestra mano está el poder acabar con dicho desconocimiento y favorecer espacios inclusivos abiertos a toda la diversidad existente en nuestra sociedad.


No obstante, si ya en la entrada anterior hablamos de dicha diversidad en su sentido más amplio, en esta ocasión vamos a centrarnos en el considerado como alumnado con necesidades educativas especiales, alumnado que, ya desde finales del pasado siglo, pasó a formar legalmente parte del paraguas educativo común del conjunto del país y no a funcionar como un sistema paralelo, como venía ocurriendo hasta dicho momento.

Desde entonces hasta ahora, gran parte de este alumnado viene compartiendo aula y espacios comunes con el resto de niños y niñas de su comunidad escolar, y me consta que existe un amplio abanico de metodologías y estrategias aplicadas, profesionales - docentes y no docentes - implicados y buena predisposición a lo largo y ancho de nuestra tierra para dar una respuesta real y ajustada a las necesidades presentadas por dicho alumnado bajo un paradigma integrador o, incluso, inclusivo, valga la redundancia. 

Sin embargo, existen otros casos en los que todo este sistema flaquea por diferentes frentes, que va desde la escasa y pobre formación universitaria que se ofrece a los futuros y futuras docentes, tanto a nivel general como a nivel de atención a la diversidad (un tema que trae cola y que da para otra reflexión aparte, pasando además por el desprestigio social que tiene esta carrera y el poco criterio que existe para acceder a la misma), hasta la falta de recursos y la densidad de las ratios, cuestiones que dependen de las administraciones públicas, la cuales también tienen gran parte de responsabilidad (no va a ser todo culpa de los y las docentes, ¿no?)

El sistema educativo, como sector que va a influir de forma directa en el conjunto de la sociedad, debe romper una lanza a favor de estas personas y darles visibilidad ante el conjunto de la población de la que forman parte.


Aún así, hoy día nos seguimos encontrando con realidades paralelas desconocidas para una parte importante de la sociedad, ya que estas tienen lugar en determinados centros educativos y en los hogares y entornos de los alumnos y alumnas que se acaban escolarizando en dichos centros.

No es mi intención entrar en debate sobre los pros y los contras de este tipo de centros en los cuales desarrollo mi labor profesional, sino más bien recordar que, aunque oficialmente forman parte del mismo sistema común, a veces da la sensación de seguir manteniendo cierto distanciamiento respecto a la realidad que se desarrolla fuera de los mismos.

Volviendo a la noticia que nos permitía arrancar esta entrada, no sé si el hecho de que esto sea así se debe a ese miedo a "incomodar" o a esa dificultad tan humana de aceptar lo que nos cuesta comprender.

Yo, de primera mano, he sido testigo de las miradas y las reacciones que algunos de mis alumnos o alumnas han podido provocar en terceras personas (insisto en lo de consciente o inconscientemente),  o de hablar con personas de mi entorno (formen o no parte de nuestro gremio) y comprobar la gran falta de información y de perspectiva que existe sobre esta dura realidad.

Es por ello que  el evitar esa brecha pasa por acciones paralelas pero complementarias: formar a todo el conjunto del alumnado - e incluso del profesorado y, por qué no, de la comunidad educativa - en la existencia de esta realidad, al tiempo que vamos rompiendo de manera constante y progresiva las invisibles barreras que parece perdurar en nuestras mentes desde tiempos remotos.


En primer lugar, hay que entender que el funcionamiento de este tipo de centro  difiere de lo que hasta ahora hemos conocido, y, por lo tanto, requiere personal especializado de diferentes perfiles profesionales que no sólo tengan buenas aptitudes, sino también buenas actitudes, ya que este último aspecto va a resultar crucial para sacar el máximo provecho a sus potencialidades y sobrellevar lo mejor posible las posibles situaciones adversas derivadas de sus necesidades.

En segundo lugar, son centros que albergan bajo este paraguas a una gran diversidad de población, que va desde aquellos alumnos y alumnas que, con los correspondientes recursos, tiempos y métodos, pueden seguir una trayectoria curricular que se amolde a sus circunstancias, hasta aquellos otros casos donde el peso recaerá sobre aspectos conductuales o, incluso, puramente asistenciales. Es por ello que las ratios deben ser más proporcionales, para una atención mucho más plena y adaptada a nuestra realidad, una realidad que a veces nos sobrecoge y nos sobrepasa.

Por último, no debemos olvidar que, ante todo, se trata de personas, con su derecho al respeto y a la dignidad, y la educación de todo el alumnado y de toda la sociedad debe estar enfocada a evitar situaciones de burla, insulto, rechazo, discriminación, agresividad, acoso, abuso o sometimiento hacia dichas personas en particular, al igual que deberíamos hacer respecto al conjunto de la población en general, con especial mención de aquellos colectivos más vulnerables. Al fin y al cabo, todos y todas deberíamos tener los mismos derechos y las mismas oportunidades, siguiendo aquellos grandes principios que muchos de nosotros y nosotras hemos estudiado en materia educativa como son el de normalización, el de equidad o el de calidad.

Tampoco le hacemos ningún favor a estas personas si la forma en la que nos dirigimos a ellas es a partir de la sobreprotección, limitando de esta forma sus posibilidades de desarrollo integral y una participación activa en su vida diaria que le permita disfrutarla y, al mismo tiempo, adquirir una mayor estimulación y autonomía, o tratándoles, en muchos de los casos, como si fueran niños o niñas pequeños. Después de todo, ellos y ellas también tienen sus responsabilidades y deberes respecto a su entorno y contexto social, y el trabajo que realicemos en este sentido desde nuestro ámbito, en constante coordinación con las familias y el resto de profesionales implicados, va a ser de una importancia vital.

Por lo tanto, la labor educativa que se desarrolle de cara a este alumnado en general y en este tipo de centros en particular requiere paciencia, constancia, flexibilidad, creatividad y mucho trabajo en equipo, además de contar con el respaldo y la colaboración de las administraciones públicas.

Quienes nos dedicamos a la Educación sabemos que lo vivencial tiene un gran peso sobre el conjunto de los aprendizajes, por lo que creo que es importante encontrar puntos de unión y encuentro de las diferentes realidades aquí expuestas donde lo importante sea el compartir los aspectos que nos asemejan y no resaltar aquellos que nos dividen, hasta que llegue por fin el día en el paradigma inclusivo sea algo implícito al conjunto de toda nuestra sociedad. 



lunes, 22 de enero de 2018

Educar en la Paz es Educar en la Diversidad

Se aproxima la celebración del Día Escolar de la No Violencia y la Paz, una de esas efemérides que solemos conmemorar en nuestros centros educativos, pero que, desde luego, no puede quedarse sólo en una serie de deseos o de buenas intenciones, sino que, de manera diaria y constante, tenemos que trabajar por llevar a la acción.

Y es que, en los tiempos que corren, parece de vital importancia seguir insistiendo en la necesaria responsabilidad que todos y todas nosotras debemos asumir para abordar de manera activa un demandado cambio en nuestra sociedad.

En primer lugar, porque todavía existen muchas barreras que derribar y muchos prejuicios y actitudes que superar, y, en segundo lugar, porque en nuestra mano está formar a las personas que conformarán la sociedad del mañana, y el mañana empieza hoy.


Es por ello que no se trata de ser sujetos pasivos a la espera de que la paz llegue algún día a nuestro mundo así sin más, sino de construirla día tras día y en los ámbitos en los que tengamos la posibilidad de aportar. Como ya decían Falsalarma y Frank-T en su canción, "pon tu granito de arena en tu tierra por la paz". 

Todo esto se concreta en tomar conciencia de los males cotidianos que, a diario, observamos en nuestro entorno más cercano, y darnos cuenta de cómo podemos influir para promover un cambio que nos ayude a todos a alcanzar un mayor estado de paz.

Un buen ejemplo de ello viene de la mano de un tema por desgracia demasiado candente últimamente, y es esa actitud machista que permite barbaridades intolerables contra la mujer. Educar en la paz, por tanto, es también educar al género masculino en el respeto y en la igualdad respecto a nuestras compañeras, al igual que educar a la mujer en el empoderamiento de su persona y de su colectivo, todo ello bajo un enfoque feminista que condene cualquier tipo de acoso, abuso u otro tipo de violencia por razón de sexo y que sirva de modelo para alcanzar una nueva sociedad más justa y segura.

Otro ejemplo podría ser - siguiendo con el tema del respeto, la aceptación, la justicia y la seguridad - el que no se ejerza la violencia de ningún tipo contra aquellas personas cuya preferencia o identidad sexual sea distinta a lo que cotidianamente se nos ha establecido, educando en la diversidad de formas de amar y de formas de ser, rompiendo prejuicios y evitando situaciones de acoso o rechazo.

Lo mismo pasa también cuando el motivo de rechazo es una cuestión racial o religiosa, o cuando se menosprecia a otra persona simplemente, por considerar que es diferente y, por lo tanto, menos que nosotros.

Y es que, por desgracia, vivimos hoy día en un entorno donde la violencia se ha vuelto algo demasiado cotidiano. Nos hemos acostumbrado a no escandalizarnos ante las barbaridades que salen en televisión (ya sea en los noticiarios o en los programas basura), y vemos normal el odio que se genera ante un encuentro deportivo, llegando incluso a desembocar en asesinatos o actos violentos. Lo peor es que, no contentos con eso, trasladamos ese comportamiento a los partidos de fútbol de nuestros hijos e hijas, propiciando insultos indiscriminados contra entrenadores, árbitros o incluso contra los propios jugadores, sin importar que se encuentren en plena niñez. ¿En serio es este el mundo que queremos?

Por lo tanto, aprender a no callar ante las injusticias y a tomar conciencia de qué puedo hacer yo ante esta realidad es ya gran un gran paso alcanzado hacia el camino de la paz.


En este sentido, nosotros y nosotras, como docentes, tenemos una gran responsabilidad, puesto que no sólo enseñamos contenidos a nuestro alumnado, sino que también nos convertimos en un modelo de persona a seguir, y nuestra actitud en este caso será fundamental, ya no sólo hacia situaciones violentas o injustas donde debamos tomar partido e intervenir, sino también en el día a día a la hora de enfocar la realidad.

Y es que, educar en la paz es en realidad mucho más sencillo de lo que pensamos. Se trata de establecer un ambiente sano y de cordialidad, de tratar con respeto y educación a las personas que nos rodean, sean alumnos o no - ¿por qué ellos y ellas tendrían que ser menos? -, enseñando y ejerciendo el uso del "buenos días" - que hay gente a la que parece que le cuesta trabajo hasta saludar -, así como también la utilización de las palabras mágicas: "gracias", "lo siento" y "por favor", y extendiendo la utilización de la sonrisa en aulas, recreos y pasillos con una actitud positiva y asertiva, como ya reflejábamos hace un año aproximadamente cuando hablábamos de "tiempo y clima".

Otra cuestión a destacar, si queremos educar en la paz, es enseñar a nuestro alumnado a resolver conflictos. De nada sirve el obligar a que un determinado alumno o alumna pida perdón de manera forzada por el adulto sin realmente sentirlo. Enseñar a resolver conflictos es enseñar a entender y gestionar las propias emociones, a ponerse en el lugar del otro, a exponer argumentos y buscar soluciones que sean justas y no vaya en detrimento de ninguna de las partes implicadas si ambas partes están colaborando por solucionarlo, aprendiendo el valor del diálogo, la empatía y la cooperación.



Es más, incluso si queremos que nuestros actos cotidianos tengan un repercusión que vaya más allá de nuestro entorno inmediato, basta con educar para un mundo sostenible, tomando conciencia sobre la necesidad del reciclaje o de llevar un estilo de vida que maltrate lo menos posible al planeta que nos alberga, además de buscar conformar una sociedad que garantice una vida de calidad para sus habitantes, ya que la paz no sólo es la ausencia de guerra, también es garantizar un estado del bienestar accesible para todas y todos.

Por último, no podemos hablar de paz mientras sigamos usando nuestras pantallas móviles como escudo para acosar o atormentar a quién nos apetezca o nos caiga mal. Educar en la paz también es educar en la responsabilidad del uso de las TIC, buscando comprender que lo que se haga en la red tiene repercusiones y consecuencias en la vida real, y que nadie, por ningún motivo, se merece estar bajo el yugo del acoso escolar y/o virtual.

Y es que, como bien dicta el título del presente post, educar en la paz es educar en la diversidad. Porque cuando aceptamos que somos diferentes, y que es eso mismo lo que nos hace iguales, es cuando podemos construir entre todos y todas, aportando nuestros granos de arena, un mundo de paz.


viernes, 29 de diciembre de 2017

De roles y juguetes

En estas fechas tan señaladas en las que Papá Noel y los Reyes Magos tienen tanto trabajo por hacer, quisiera escribir esta entrada para que no se olviden de una serie de detalles de vital importancia para construir una sociedad más justa e igualitaria. 

Y es que, visto que muchos anunciantes, diseñadores de catálogos de juguetes, restaurantes de comida rápida y demás personas participantes en esta sociedad siguen insistiendo en establecer diferencias entre niños y niñas a la hora de jugar y, por lo tanto, diferencias a la hora de ser, no podemos dejar de insistir en lo necesario que resulta trabajar, desde edades bien tempranas, el romper todos estos mitos y estereotipos de género que desde hace tanto tiempo venimos arrastrando.

Porque, al fin y al cabo, el juego no es sólo un entretenimiento, también es el medio del que disponen niños y niñas para relacionarse con la realidad que les rodea, de acercarse a ella, de interpretarla, de hacerla suya y de aprender, y en este proceso ni niños ni niñas se plantean, de forma natural, si el juego que realizan es adecuado o no al rol que su genero se supone que debe desempeñar en la sociedad.

Sin embargo, ya para eso estamos las personas adultas, para perpetuar, de forma consciente o inconsciente, unos valores asociados a cada uno de ambos géneros, donde las chicas deben ser dulces, esbeltas y delicadas como princesas indefensas que dependen de un varón o como amas de casa entregadas al gustoso cuidado de los hijos y del hogar, mientras que los chicos deben ser fuertes y dominantes como intrépidos héroes aventureros que rescatan doncellas o como formidables deportistas de cuerpo atlético y grandes entendidos en el mundo del motor. 

El problema de todo esto es que niños y niñas terminan asumiendo como propios y como algo natural los cánones impuestos, rechazando cualquier juego o juguete que se salga del patrón e incluso atacando al niño o niña que le gusten los juegos atribuidos al género opuesto o muestre unas emociones no propias de su rol, hecho que les va marcando en su crecimiento y que luego desemboca en actitudes sexistas y machistas (incluso por ambas partes) que tan desastrosas consecuencias terminan por acarrear. 

Es por todo ello que, en los tiempos que corren, donde parece haberse encendido por fin una importante mecha de conciencia al respecto, insistamos en la coeducación y en la práctica de la llamada pedagogía queer desde el ámbito que nos corresponde como profesionales de la enseñanza y como miembros de esta sociedad, para así contrarrestar el creciente efecto adverso que está provocando en nuestros jóvenes la falta de control en la red o la ausencia de toda moral en televisión a cualquier hora del día.

Por suerte, ya se ha encendido una mecha, y ya se ven algunos ejemplos palpables en estas fechas en los que los juguetes son anunciados sin distinción. Sin embargo, queda aún mucho trabajo por hacer de cara a seguir derribando barrera y rompiendo prejuicios. En nuestra mano está seguir luchando por marcar la diferencia: la diferencia de no diferenciar.



¡Felices fiestas y feliz año 2018!

martes, 28 de noviembre de 2017

Historia de un burro morado

Es posible que el título de la presente entrada os resulte cuanto menos extraño y llamativo. El caso es que parte de una anécdota que me ocurrió cuando era niño y cursaba el primer curso de la EGB, lo que equivaldría hoy día, para quien no lo sepa, a 1º de Educación Primaria.

Sé que ha pasado mucho tiempo desde entonces, por lo que los hechos en sí son algo difusos en mi memoria, pero el recuerdo de lo que supuso para mí sí que sigue bien latente debido a la emoción que en mí generó.

El caso es que estábamos en clase dibujando (no recuerdo bien si de manera libre o como parte de una actividad concreta), y yo dibujé un burro y lo coloreé de color morado. Mi maestra, en cuanto lo vio, se alarmó muchísimo y me regañó abiertamente en clase sobre lo mal que estaba dibujar un burro de un color que no era el que le corresponde en la vida real, y no conforme con eso, también transmitió sus reproches a mi familia estando yo presente. 

Aquello me cayó como un jarro de agua fría. La dura realidad había aniquilado a la imaginación. Me habían puesto en evidencia, y además habían manifestado su desaprobación hacia mi producción, por lo que, en ese momento, mi sentimiento fue de haberles decepcionado porque había hecho algo que estaba muy mal.

Curiosamente, este pasado sábado en nuestra sesión mensual del calendario de reuniones del Grupo de Atención a la Diversidad de Acción Educativa, abordamos el debate sobre la importancia del proceso creativo y el empeño, consciente o inconsciente, de las personas adultas porque los resultados obtenidos o la forma de ejecutar la acción se correspondan a unos patrones previos que tenemos sumamente inculcados en nuestra mente madura y racional, emitiendo a menudo juicios de valor (positivos o negativos) que ponen en evidencia lo que esperamos de la niñez: que se ajusten a esos modelos establecidos.


Es cierto que la escuela tiene la obligación de hacer de puente y de guía entre el alumnado y el mundo real donde se va a desarrollar, pero tenemos que valorar positivamente también todo el potencial que nuestros niños y niñas poseen de serie para imaginar, indagar, explorar, crear, etc.

Quizás lo ideal sea saber encontrar cierto equilibrio entre nuestro papel de mediadores de la realidad y nuestro papel de incentivadores de todo su potencial, teniendo en cuenta que dicha realidad para nada es estática e invariable, sino que es puro dinamismo, y que ellos y ellas tienen plena capacidad de poder influir en dicha realidad.


Sabemos que muchos de nosotros y nosotras, llegada cierta edad, hemos dejado de dibujar porque hemos entendido que "no somos buenos dibujando", sólo porque no hemos sido capaces de llegar al listón establecido para que se nos reconozca nuestro producto final como aceptable según unos cánones. Sin embargo, sólo hay que pensar en toda la cantidad de grandes artistas cuyo secreto radica en poner en marcha nuevas formas de expresión visual que rompen con las establecidas con anterioridad y que, curiosamente, han abierto las puertas a otras técnicas, otras interpretaciones, otros estilos.
 
Por otra parte, cada vez son mas los paradigmas que defienden la importancia de la imagen y el dibujo durante el proceso de enseñanza y aprendizaje, ya sea de forma activa (dibujar para reforzar lo enseñado o lo que queremos aprender), o de forma pasiva (dibujar como forma de mantener la concentración y la atención durante este proceso).


Me resulta cuanto menos curioso que yo lleve toda mi vida dibujando en libros y cuadernos durante las clases o durante las sesiones de estudio fuera del horario escolar como una actividad secundaria que me ayudaba a procesar mejor la información (aunque estuviera mal visto porque pareciera que pasaba de "lo realmente importante" o que sólo lo hacia por ensuciar el material), y descubrir en la actualidad que ya estaba poniendo en marcha de manera automática algo que ahora sé.

Dentro de toda esta postura, ha ganado gran peso todo lo relacionado con el pensamiento visual o visual thinking, donde lo importante no es realizar obras de arte, sino dotar de verdadera importancia y utilidad el dibujo en la forma en que estructuramos nuestra manera de interpretar, procesar y compartir la información.


Así pues, no hagamos de la creatividad de nuestros niños y niñas un enemigo a abatir. Dejémosles desarrollarse a su ritmo, dejémosles que sean ellos quienes se vayan autorregulando en este descubrimiento de todo lo que les rodea, y guiémosles en este proceso para que se sientan valorados, importantes, capaces y queridos.

Enseñémosles mejor a respetar las producciones propias y ajenas, a querer progresar y mejorar sin caer en una autoexigencia insana, y, sobre todo, a tener interés por hacer y crear.

Nada como fomentar el pensamiento divergente para dar respuesta a toda nuestra diversidad.


lunes, 30 de octubre de 2017

Hacer visible lo invisible. Hacer invisible lo visible.

La tradición academicista de la escuela ha hecho que se hayan generado ciertas creencias bien ancladas en todo lo que a este ámbito respecta, como por ejemplo el hecho de que sólo tiene validez aquello que se pueda cuantificar. Eso ha provocado que una amplia cantidad de aspectos necesarios para el desarrollo de la persona humana hayan quedado relevados a un segundo plano, e incluso a menudo invisibilizados, en detrimento de una productividad más basada en la cantidad de contenidos dados que en la calidad de aprendizajes generados. 

Así pues, se produce la falacia de que en la escuela sólo se están haciendo bien las cosas cuando hay un trabajo que se pueda mostrar o un examen que se pueda puntuar. Recuerdo una vez en la que ejercía como especialista en Pedagogía Terapéutica en la etapa de Educación Infantil cuando se me dijo que "estaba perdiendo el tiempo en lugar de hacer fichas que enseñar a las familias". Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Como diría el viejo y sabio Rafiki, "mira más allá de lo que ves". Es decir, esta persona sólo estaba entendiendo la función docente como generadora de trabajos tangibles, cuando lo realmente importante es todo lo que hay detrás de la producción de esos trabajos, que tienen que ser el resultado de un proceso arduo y concienzudo de verdadero aprendizaje, no el objetivo a cumplir en sí.

Existe toda una serie de procesos cognitivos básicos a trabajar de manera previa para poder afrontar con éxito ese tipo de tareas. Existe, además, un proceso madurativo necesario que abordar para el correcto desarrollo y evolución de cualquier persona. Es por ello que el trabajo que llevamos a cabo al respecto merece ser visibilizado y valorado más allá de cualquier producción física y tangible acotada dentro de un Sistema Educativo desbordado por la imposibilidad de atender tal masificación de contenidos.



En este sentido, debemos recordar que, a veces, menos es más. Es decir, no por más trabajos, más deberes o más exámenes el aprendizaje es mayor si no se dedica tiempo y espacio a establecer las bases y el entendimiento necesario para una ejecución de los mismos más comprensiva que mecánica. Seguro que muchos de nosotros y nosotras recuerda haber hecho ejercicios en clase o en casa sin tener realmente una noción de que es lo que hacían o para que servía, sólo porque el profe o la profe de turno nos lo había ordenado y porque teníamos a alguien que, a unas malas, nos guiaba a la hora de realizarlos para poderlos entregar, aunque realmente no hubieramos comprendido nada. ¿Es ese el modelo que queremos? De cara a la galería quizás pueda dar el pego, pero debemos superar ya esa presión que tenemos como colectivo de contentar a la opinión pública para que se deje de poner en entredicho nuestra profesión.

Cierto es que nunca llueve a gusto de todo, pero si en algo debe destacar nuestra labor es en estar por y para nuestro alumnado. Estoy cansado de ver a chicos y chicas estrellarse contra el muro de la frustración al no ser capaz de llegar al nivel y ritmo exigido, o por ser talentoso en otras habilidades que no son las predominante en nuestros sistema escolar, siendo estas a menudo rechazadas o reducidas a lo insignificante, con todo el daño que a su persona ello conlleva. 


Nuestra misión debe ser la de darle respuesta y cabida a todos y cada uno de ellos, independientemente de que presenten o no alguna necesidad educativa, ya que, si por un lado queremos hacer visible aquello que tendemos a olvidar, igualmente tenemos que eliminar las connotaciones, estereotipos y prejuicios que nacen de una mala gestión de la atención a la diversidad.

Es por ello que también es tarea nuestra invisibilizar las barreras que a menudo nuestra propia percepción y desinformación crean, haciendo de la filosofía inclusiva una realidad y no sólo un ideal a alcanzar. Porque no sólo es diversa aquella persona que presenta diversidad funcional, valga la redundancia, sino que debemos entender la diversidad como una característica innegable de la especie humana, y dentro de esa diversidad, prestar especial atención a aquellas personas o aquellos colectivos que, por determinadas circunstancias, aún no gozan de una total aceptación, hasta el punto que no sea necesario volverlo a abordar porque se haya aceptado de tal manera que todos y todas podamos entender la diferencia como "normal".


Es en estos casos cuando, en lugar de hacer visible lo invisible, tenemos que hacer invisible lo visible, aunque este visible sólo esté en nuestra percepción. Es por eso que tenemos el privilegio de desarrollar una profesión capaz de transformar la realidad, y, aunque a menudo no seamos totalmente conscientes de ello, debemos procurar con nuestro trabajo y ejemplo dar sentido a nuestro discurso y saber otorgar o restar importancia a las diferentes variables que, con total certeza, intentarán influirnos de manera directa o indirecta a nuestro alrededor, rompiendo mitos, derribando muros y procurando hacer de nuestro mundo un lugar mejor. 


viernes, 22 de septiembre de 2017

La diferencia entre creer y crear

Hace poco más de un mes que la ciudad de Barcelona se vio azotada por un acto terrorista que puso en jaque a todo un país. No entraré en este post a comentar aquel hecho deleznable, pero sí que me gustaría realizar un análisis de las consecuencias que tuvo en nuestra población desde diferentes perspectivas, así como el arduo camino que tenemos todavía por delante al respecto en materia de Educación.

El primer punto de vista que me gustaría analizar es el que se corresponde con nuestro papel de consumidores en el mercado informativo de los mass media, quienes, en su afán de ser los primeros en ofrecernos información en exclusiva de lo ocurrido y así tenernos pegados a su canal, no tuvieron en cuenta ni un segundo que entraban en bucle durante varios días dándole una excesiva difusión a lo acontecido (para más regocijo de quienes querían causar dicho impacto en nuestra sociedad), y además se precipitaron a señalar culpables ante la opinión pública (a veces, incluso, estableciendo asociaciones de causa-efecto algo rebuscadas pero acordes con determinados juicios de valor previos a los hechos), cuando eso es un trabajo que debe quedar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado y del poder judicial.

Con esto lo que quiero decir es que nosotros y nosotras, como parte de la ciudadanía de este país, debemos empezar a desarrollar una actitud crítica ante estas situaciones que vaya más allá del "me trago y me creo todo lo que salga por la tele" y demos a la información la veracidad y cautela que se merece, procurando dejar a un lado los diferentes sesgos ideológicos y sabiendo detectar la manipulación cada vez más extendida en los grandes medios a nuestro alcance.

Esto enlaza directamente con el segundo punto de vista a analizar, el que nos convierte en eslabón de la desinformación a través de las redes sociales, donde todo se empezó a desvirtuar de una manera acelerada y abrumadora en cuestión de minutos, terminando aquello convertido en un nido de víboras donde importaba más machacarnos entre nosotros mismos que tomar conciencia colectiva de un mal común del que sólo mirábamos la punta del iceberg.

Resulta cuanto menos curiosos la de campañas que se establecen para evitar que nuestros jóvenes hagan un mal uso de Internet y las redes sociales, amparándose en ellas para hacerse daño tras la trinchera de las pantallas, pero en días como esos los adultos demostramos ser aún peores en nuestra manera de proceder, soltando veneno a borbotones, compartiendo enlaces e imágenes cuestionables o realizando algunas justificaciones y acusaciones que no venían al caso. Fueron días donde el odio camufló a la solidaridad y fortaleza de un pueblo que se reponía del ataque sufrido.

Esto me lleva al tercer punto de vista en esta cuestión, quizás el que me acontece más de cerca como persona que ha trabajado durante varios años con jóvenes en riesgo de exclusión como los que terminaron perpetrando el atentado, jóvenes de origen musulmán, residentes en España, en situación desfavorecida y sin ningún futuro aparente, lo cual los convierte en blancos perfectos de estas sectas extremistas que los adoctrinan y mandan a la muerte para no mancharse ellos las manos.

Es por cosas como esas que durante mucho tiempo he trabajado junto a un gran equipo de profesionales (el cuál sigue en activo) para garantizar a este tipo de población un porvenir y una vida digna que les aleje de esa radicalización, y es por eso mismo también que entiendo el dolor de quienes apostaron por ellos, de sus familias y de sus allegados. Son culpables de los hechos, pero también son víctimas de todo lo que se esconde detrás, y es por ello que el camino del odio no nos ayudará a apagar el fuego creado. Debemos darnos cuenta de que hay algo que falla en nuestro sistema, que va desde garantizar una libertad de credos bien gestionada hasta seguir trabajando porque la diversidad existente en nuestro país sea más una convivencia que una coexistencia, donde todos podamos enriquecernos de nuestra pluralidad, compartir nuestra existencia y crecer en armonía como seres humanos que somos.

Es por todo ello que admiro lo gestos de fraternidad demostrados tras los atentados, y por lo que admiro también a todas aquellas persona que se volcaron con lo sucedido sin importar credo ni condición, prestando lo mejor de si mismo a la causa y aportando su granito de arena por construir un mundo mejor.

He ahí donde la escuela tiene mucho trabajo aún por hacer: Desde enseñar a leer y entender una noticia a saber discernir entre veracidad y manipulación, a ser críticos ante la información que nos llega antes de darle completa credibilidad, a hacer un uso adecuado de las redes sociales, a saber empatizar, gestionar emociones, argumentar de manera asertiva, a respetar otro credo, otra ideología u otra opinión aunque no se compartan, a convivir y a dar a todos y a todas la oportunidad de participar y de sentirse realmente parte activa de una sociedad que compartimos y que construimos con nuestro esfuerzo y ejemplo, no con nuestro odio, nuestro rechazo o nuestra opinión. Esa es la diferencia entre creer y crear.




lunes, 4 de septiembre de 2017

"Volver a empezar"

Septiembre es el mes de volver a empezar.

Como bien decía "Maestra de Pueblo" en un meme que compartió justo antes de arrancar el presente curso, este mes se caracteriza por ser el primero del año para quienes nuestra vida se rige por el calendario escolar.

Sin embargo, este "volver a empezar" tiene este año, para mí, otros significados añadidos. Y es que, tras enfrentarme otro final de curso más al duro proceso que supone nuestro sistema de oposición, por fin esta vez comienzo el año habiendo obtenido la tan ansiada plaza que tan lejos parece siempre querer estar, y justo en un momento en el que, tras un intenso curso, más notaba mis fuerzas flaquear (gracias a todos los que durante ese proceso habéis estado a mi lado una vez más).

Es más, no aún contentos con eso, el destino y su aparente afán por hacer cíclica la historia ha querido que el comienzo de esta nueva fase se produzca en el mismo colegio donde ya en 2014 me estrené en la Comunidad, y volviendo a trabajar con algunos de los alumnos y alumnas con los que tuve el placer de coincidir en aquella breve sustitución.

No obstante, la Fuerza siempre esconde un reverso tenebroso, y es que, como ya reflejaba en este mismo blog el pasado año, sigue siendo frustrante que quienes dirigen nuestros destinos profesionales siguen sin plantearse lo importante que es para el alumnado garantizarles una continuidad cuando docente y discentes han funcionado bien de manera conjunta, y más aún si dicho alumnado presenta una serie de necesidades educativas especiales que hace que sea mucho más delicada su situación.

Es en estos momentos cuando me gustaría poder hacer como Naruto con su Kage Bunshin no Jutsu y poder multiplicarme para seguir trabajando junto a aquellos alumnos y alumnas que siento que voy dejando atrás en el camino, y compartiendo espacio con los diferentes profesionales de calidad con los que he tenido el enorme privilegio de coincidir.

Lo bueno de todo ello es la enorme huella que voy y vais dejando en mi constante caminar. Ahora este camino emprende una nueva etapa, y... ¿quién sabe a dónde me llevará?

¡Feliz inicio de curso!